“La universidad debe definir su agenda con una lógica social” - Encuentro con Atilio Borón
















Es politólogo y sociólogo, investigador del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) y profesor de Teoría política en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires (UBA). Actualmente coordina el
Programa Latinoamericano de Educación a Distancia en Ciencias Sociales (PLED) del Centro Cultural de la Cooperación “Floreal Gorini”. Fue además secretario ejecutivo del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO) y ha escrito numerosos
libros y artículos. Atilio Borón acaba de recibir el Premio Internacional José Martí de la UNESCO y en esta entrevista habla del rol de la ciencia ante la situación de crisis mundial; de las universidades y de la educación en Latinoamérica y Argentina;
de los tiempos de la reforma universitaria y la influencia del Banco Mundial. De la CONEAU. De ideología, ciencia y política.

Por Darío Andrinolo y Josefina Oliva


- En su libro Consolidando la explotación. La academia y el Banco Mundial contra el pensamiento crítico da cuenta de la influencia que el Banco Mundial (BM) ha tenido en la educación en los ‘80 y los ‘90 en América Latina. ¿Cómo ve ese proceso hoy?

Si yo produjera un retrato de lo que era el sistema educativo y quién opinaba
sobre la educación en los años ‘60 hasta principios de los ‘70 y otro sobre quién opina hoy, se vería que en aquella época la voz autorizada era la UNESCO. Hoy es el Banco Mundial. La UNESCO ha sido desplazada, quedó completamente desfinanciada y ese papel lo pasó a jugar el Banco Mundial, que es la institución que decide qué es lo bueno y qué es lo malo en materia de educación, no sólo la superior sino también en la escuela primaria, la secundaria, los jardines de infantes. Esto tiene que ver con el avance de lo que ha sido el proyecto de globalización neoliberal, porque esto no fue un fenómeno espontáneo, fue un proyecto claramente direccionado para imponer
el neoliberalismo y la concepción capitalista del mundo, incluyendo todos los órdenes de la vida, y la universidad cayó víctima de ese embate. Y a partir de ahí comenzó a reproducir un patrón de trabajo, de docencia y de investigación que va lentamente transformándose en el único de todo el mundo. Ese es el modelo que el Banco Mundial elabora como la gran propuesta de las reformas universitarias en América Latina en la década de los ‘80 y de los ‘90, y que llega por la vía de gobiernos autoritarios militares.

- ¿Cómo se da esa transformación en Argentina? ¿Qué se perdió de la reforma universitaria y qué conservamos?

Todavía se conservan algunas cosas, por ejemplo el cogobierno, que es un principio muy importante aunque no rige igual en todas las universidades de la Argentina. Hay algunas provinciales o inclusive en la zona del gran Buenos Aires, en donde el gobierno es casi despótico del Rectorado en acuerdo con las autoridades políticas de la región. Por otro lado se ha perdido la idea del carácter democrático en el proceso de acceso al cuerpo profesoral. Hoy en día eso está muy controlado por las autoridades departamentales o de las facultades y no funciona como debería. Por ejemplo los llamados a concursos que están licitados en función de la coronación de fuerzas de los departamentos a las facultades. Eso no era lo que planteaba la reforma.
Y en tercer lugar me parece que hubo un vaciamiento de la idea de autonomía universitaria que era muy importante y que por lo menos en el caso de la UBA se ha
transformado en aislamiento. La relación entre la sociedad porteña y su universidad
es de extrañamiento mutuo, no se conocen. La UBA está muy encerrada en lo suyo, no tiene prácticamente políticas de vinculación efectivas con el medio y por lo tanto lo que pase con la universidad le importa poco o nada a la gran mayoría de los habitantes de esta ciudad. La autonomía no quería decir aislarse de la sociedad, sino independencia del poder político de turno y ejercer la libertad de cátedra con total amplitud y sin ninguna clase de restricciones. Hoy es mucho más difícil poder establecer un pensamiento heterodoxo, contestatario, crítico, por la
situación de extrema vulnerabilidad que tienen docentes, académicos, investigadores
y científicos. Cómo se explica que un académico de la Argentina tenga un
nivel de remuneraciones que es la tercera parte de lo que ganaría en Brasil o la
quinta de lo que ganaría en México, en universidades públicas también.

- ¿Cuáles son los principales problemas que enfrentan las universidades en la actualidad?

Hay un problema grave de financiamiento universitario, que no solamente refiere al pago de los profesores, sino a la inexistencia de grandes programas de becas; a las construcciones que están en su mayoría obsoletas o desmanteladas o con un mantenimiento más que precario; al atraso fenomenal de nuestras bibliotecas, a la carencia de insumos en laboratorios.
Hay facultades que no pueden pagar la luz ni el gas. En la UBA -pongo el ejemplo
pero creo que La Plata no es muy diferente y Rosario tampoco-, en donde más del 90 % del presupuesto se destina al pago de sueldos y salarios de los profesores y los no docentes, queda menos del 10 % para el resto. Eso nos coloca en una situación de dependencia que implica que en el campo de las ciencias sociales, a la hora de investigar hay que hacerlo en algún organismo del Estado que tiene un préstamo del BM o del BID (Banco Interamericano de Desarrollo); y en las ciencias exactas o naturales, en empresas privadas y grandes laboratorios, que con sus aportes fijan de alguna forma lo que sería la agenda de investigación, con lo cual la universidad en lugar de ser autónoma es heterónoma.

- ¿Cómo influye la Ley de Educación Superior, y con esto los sistemas de acreditación
y evaluación de las carreras de grado y posgrado a través de la CONEAU (Comisión Nacional de Evaluación y Acreditación Universitaria)?

Es lo más contrario que podemos pensar al espíritu científico. Si hubiéramos tenido esa estructura de acreditaciones y de controles burocráticos sobre la ayuvida universitaria, (Charles) Darwin jamás hubiera podido ser profesor en una universidad,
su teoría hubiera sido rechazada de plano, lo mismo que la de (Nicolás) Copérnico, la de Galileo (Galilei), la de (Albert) Einstein, la de (Sigmund) Freud y la de (Karl) Marx. Todo el pensamiento innovador hubiera sido impugnado y eso es lo que está pasando ahora, por eso la universidad se ha transformado y ha pasado de ser, como hace 50 años, espejo crítico de la sociedad, a repetidora del saber convencional de los países avanzados. Y la gente está dispuesta a tolerar este sistema porque de lo contrario sabe que su salario va a disminuir. Entonces me parece que hay un control ideológico a partir de la crisis del financiamiento de la universidad pública.

- ¿Cómo ve que la universidad asesore a empresas privadas?

El hecho de que la universidad pueda ayudar a algunas empresas no me parece
mal. Pero ¿se trata de algunas empresas públicas también o sólo las privadas?; si
son sólo las privadas ¿cómo garantizamos que estas empresas hagan un aporte sustantivo en función del apoyo que la universidad pública les está dando? No
tengo una postura dogmática de decir que no debe hacerse nada con la empresa privada, creo que sí se puede hacer.
Pero debemos trabajar primero con las públicas. Lo que pasa es que en este país
no hay más. Vino el tsunami menemista y no hubo ninguna reconstrucción posterior.
Una de las críticas fundamentales que yo le hago a la gestión de lo que ha sido el kirchnerismo es que no reconstruyeron el Estado que fue destruido, arrasado por las políticas neoliberales de Menem. Estamos igual que antes en ese sentido. Si bien hay algunas pequeñas mejorías en algunos terrenos en materia educacional, de fondo seguimos teniendo una situación catastrófica. Otro tema es que la universidad tiene que definir su agenda no solamente en función de una lógica mercantil sino en función de una lógica social. ¿Por qué la universidad pública no está estudiando fenómenos
como el Chagas, o el dengue? El problema es que un artículo sobre el Chagas no
se publica en ninguna revista con referato a nivel internacional y por lo tanto el profesor o el investigador se ve perjudicado en materia económica porque su salario
está en función de eso. En cambio si publica lo que interesa en los países del
norte tiene una recompensa, por lo tanto la agenda se sigue ajustando afuera de la
universidad.

- ¿Qué ha pasado hoy con el concepto de ideología, qué relación se puede decir que hay entre ideología y ciencia, y qué ideología prima hoy en la Argentina?

Hoy se ve una simbiosis ideológica donde hay, primero, individualismo: la universidad está al servicio de formar profesionales; segundo privatismo, o sea, los forma para las empresas privadas con el gran disfraz que indica que se atienden las necesidades del mercado. Tercero: una ideología cientificista en el sentido de que los académicos escriben entre sí y para sí, no hay una preocupación para ver que el debate de ideas que se tiene que dar en la universidad fluya hacia afuera de las aulas universitarias y sea un instrumento de mejor conocimiento de la propia sociedad. Estamos en una regresión ideológica muy fuerte agravada porque hay una penalización a toda forma de
pensamiento contestatario. Y si la universidad tiene que ser algo es el lugar donde
haya pensamientos novedosos, originales, que cuestionen el saber establecido.
Sin embargo se premia al conformismo y se castiga fuertemente a aquellos que
tienen una postura desafiante.

- ¿Cuál es el rol de la ciencia y la tecnología ante la crisis?

La ciencia y la tecnología pueden cumplir un papel muy importante. Justamente en marzo fui convocado por Fidel Castro, a propósito de una ponencia que realicé en un congreso en La Habana –sobre el tema de la crisis actual. Él me sorprendió diciendo que había que apoyar la nanotecnología, porque si bien hay un intento de apoderarse de esas innovaciones por parte de las grandes corporaciones, puede significar un aumento muy importante en la cantidad y en la calidad de los bienes y servicios que se pueden ofrecer a la población. Entonces planteó que en el contexto de esta crisis -y yo concuerdo con esa idea-, el avance en materia científica nos va a permitir hacer un poco más llevadero este momento. Yo creo que es muy importante pero en la medida que tengamos una autonomía tecnológica.

¿Tiene la Argentina autonomía tecnológica?

No. Pero por ejemplo, ¿por qué necesito yo comprar este celular que está diseñado para que dentro de ocho meses sea obsoleto?, ¿por qué no pensar que acá podemos desarrollar, con el parque científico que tiene la Argentina, uno que pueda ser utilizado durante cinco años? Si acá tenemos capacidad para desarrollar no sólo hardware sino también software. No es una utopía que podemos desarrollar tecnología propia.

-¿Qué función le cabe al estado ante esta situación?

Es central. Yo soy graduado de Harvard, uno de los mitos que circulan es que Harvard
se mantiene con los aranceles de 28, 30, 32 mil dólares por año. ¿Cómo se financia
Harvard? Más de la mitad viene por parte del Estado. Yo no digo que tengamos
que copiar eso, sino que aún en ese modelo el papel del Estado es central.
Entonces se puede mantener la centralidad no para empresas privadas, sino para desarrollar empresas públicas que hagan tecnología, como por ejemplo la vacuna. ¿No se veían venir la gripe que tienen que ahora pensar en la vacuna? El dengue ¿no lo veíamos venir? El Chagas, el hantavirus… ¿Por qué no pensar que podemos desarrollar tecnología propia? ¿Por qué los cubanos tienen hoy como un ítem de su comercio exterior la exportación de medicamentos de diversos tipos? Porque tienen una línea de continuidad aplicada durante treinta años, respetan a los científicos y los valoran de una manera extraordinaria, cosa que acá no se hace. Entonces cuando se gana poco y
no se es respetado la gente se va a Ezeiza y desaparece.

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